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ROSE MARY

Aarón Jones conducía a su casa, donde su esposa, Audrey Simmons, lo esperaba. Se habían casado hacia dos años, aún no tenían hijos, aunque sí los deseaban. La casa parecía muy sola, faltaba el ruido de los niños pequeños corriendo por sus pasillos y los gritos de alegría mientras juegan.
Aarón pensaba en eso todos los días cuando recorría el trayecto a casa, pero esta vez sus pensamientos fueron interrumpidos por una preciosa imagen: habia un cuadro abandonado en mitad de la carretera, un cuadro que parecía mostrar a una mujer de la época colonial tomando el té mientras leía un libro cubierta por una sombrilla del mismo color que su hermoso vestido rojo carmesí. Estaba cubierto de polvo y tenía un recuadro de metal en la parte inferior de su marco, una leyenda tal vez. Al pasar la manga de su camisa se pudo leer “Rose Mary”. Maravillado por la belleza del cuadro, Aarón lo subió a su vehículo pues era algo encantador que pensaba colocar en la habitación principal, justo en lo alto de la pared, donde se vería muy bien y todos los visitantes dirían que era espectacular y preguntarían sobre su origen, carcomidos en secreto por la envidia.
Con una sonrisa en su rostro Aarón continuó en el largo trayecto hacia su hogar, dulce hogar, donde seguramente su esposa Audrey lo esperaría con una sonrisa en la puerta, como una fiel guardiana.
—Cariño, al fin llegas, te estoy esperando, la cena está lista, está saliendo del horno. —le dijo Audrey abriendo la puerta para entrar a casa, pero Aarón la detuvo cuando dio media vuelta.
—Espera, tengo que mostrarte algo, quedarás impresionada al verlo. Es algo maravilloso, además debe valer una fortuna, amor.
Aarón lo sacó del auto, donde lo aprisionaba con una avaricia inmensa, Audrey sólo lo miró de reojo, no le llamaba la atención la pintura.
Después entraron a casa ya que fuera hacía un poco de frío. Mientras Aarón colgaba en la pared el cuadro, Audrey servía la cena, los dos se sentaron en la mesa, pero él no dejaba de observar el retrato, parecía enamorado de la pintura, parecía ausente, su mente estaba ocupada con la imagen.
—¿Podrías dejar de verlo? —dijo Audrey con celos y enojo: odiaba ese cuadro cada vez más, parecía que quería robarle el amor de su marido, tal vez por eso se había atravesado en su camino.
Él simplemente contemplaba aquella imagen colonial, sin siquiera darse cuenta de lo que pasaba a su lado, perdido en la imaginación, en los cabellos de la chica y en aquellos ojos que parecían reflejarlo. Parecía tan real, pero solo era un cuadro, un cuadro que ni respirar podía.
—Es qué acaso no lo ves, es una hermosa obra de arte.
Al oír eso, Audrey se levantó lanzando la vajilla con un fuerte estruendo sobre la mesa de caoba, pero a su marido pareció interesarle poco que se retirara del comedor enfadada. No dejaba de contemplar aquel cuadro, solo faltaba que se moviera y le hablara.
“Es hermosa”, susurró para él solo, se retiró de la mesa y salió al patio, pero en su mente seguía aquella mujer invitándolo a entrar en aquel antiguo lugar de primavera.
Todo parecía quedar pequeño ante su nueva adquisición, “la casa es muy pequeña para esta maravillosa pintura”, pensaba Aarón sin importarle la opinión de su mujer ni el hecho de que viviera en un impresionante caserón.
“Ojalá la pintura viviera”, comentó para sí mismo mientras contemplaba el cielo estrellado y sentía el viento fresco que corría en ese día sin nubes donde se veía fácilmente la maravilla de la Naturaleza, estupenda sin duda alguna, pero carente de intensidad en comparación con la maravilla que tenía en casa (y no precisamente se refería a su esposa…).
Algo extraño le sucedía con esa mujer del retrato, algo que ni Dios mismo podía explicar, una obsesión que llevaba a otro nivel superior.
“Que el cuadro viva”, se dijo en voz baja tal vez para que los vecinos que ahora dormían no lo escucharan, o solo para que su mujer que lo observaba por la ventana no se enfadara.
Entró a su casa de nuevo cuando las luces se apagaban. No tenía importancia saber qué hora era, ni qué pensaría de él su mujer. Ya adentro, entre las sombras miró a aquella mujer tomando el té. Una mujer de belleza enigmática, con algo que no sabría muy bien definir pero que le atraía de manera increíble. No importaba si no era del gusto de su pareja, si Audrey no quería el cuadro con él, él mismo se iría solo con su nueva y preciosa mujer de pintura.
Subió la escalera paso a paso lentamente hasta llegar a lo que era su habitación. Allí su mujer dormía o eso parecía, pues quizá solo aparentaba dormir para no tener una pelea más. Ellos rara vez peleaban, pero Audrey era muy celosa. “Qué estúpidas que pueden volverse las mujeres cuando sienten celos. Tener celos de un cuadro, como si la chica del cuadro fuese a cobrar vida y seducirme, ¡vaya idiotez!”, se dijo interiormente Aarón mientras miraba a Audrey con cierto disgusto, aunque luego le vino a la mente la chica del cuadro y todo lo que quiso fue dormir para soñar con ella, para estar en sus brazos y bucear en el encanto de sus ojos…
Abrió sus ojos, frente a él, en aquel ventanal de su habitación, el sol resplandecía. Rose Mary estaba sentada. Tomaba el té con la elegancia de toda una princesa, brillaba como una estrella, resplandecía como el sol y era elegante como la luna.
—Siéntate, cariño, ven aquí a mi lado.
Lo invitaba a sentarse. Él, con una sonrisa de enamorado atontado, tomando su mano enguantada empezó a besarle. Ella lo observaba con tanta maravilla y cariño.
De pronto observó por la ventana: las nubes tapaban el sol y un torbellino empezó a girar en su dirección, se hacía más y más grande, como un gigantesco tornado. Chocó en su ventana mientras los cristales se rompían, y él despertó, despertó de aquel sueño que no quería abandonar.
Fue como si el ruido de los vidrios que estallaban lo hubiera devuelto a la realidad, o al menos eso parecía.
Bajó las escaleras con cansancio y sin cuidado, no le importaba tropezar, aún llevaba la misma ropa de ayer.
Llegó hasta la habitación principal, la puerta se encontraba abierta. El cuadro que daba vista hacia la cocina no estaba, de seguro fue esa fastidiosa niña a la cual tenía como esposa, una chica molesta y explosiva.
Algo sin embargo había pasado: ahí seguía esa mujer clavada en la pared, pero había algo extraño en ella,había crecido, se había expandido, se observaba un paisaje que crecía a su lado. Se veía la casa de ella y un castillo, personas bailando, hombres retratando a las más bellas damas y una banda clásica
Definitivamente el cuadro había sido alterado, pero era imposible que lo hubiese hecho Audrey pues ella nunca había tocado brocha alguna y los cambios eran formidables.  O quién sabe, quizá contrató a un gran pintor, mas… ¿dónde rayos estaba Audrey? Tal vez estaba de compras en el supermercado y había olvidado cerrar su puerta.
Aarón giró su cuello: el cuadro crecía más y más, como si fueran raíces creciendo sobre su pared. Una planta maravillosa, que se extendía en las ventanas, las tapizaba como si fueran ladrillos de un mágico castillo. Y el cuadro crecía más y más, con los duques de Francia, señoritas y ancianos elegantes, flores rojas que parecían abrirse de pétalo en pétalo, mariposas y aves que revoloteaban en el cielo, ventanales gigantes donde la luz se filtraba, niños jugueteando ante sus ojos maravillados. Todo era tan extraño, tan mágico y confuso en aquel proceso que se desplegó hasta que el lugar en que él se hallaba fue sellado y, así como salida de la nada, Rose estaba frente a él, mirándolo con dulzura (y algo de pasión) porque había sido el hombre que la recogió en aquella oscura y fría noche, el hombre que la colocó en un cálido hogar.
—¿Quieres estar conmigo? —preguntó entusiasmada aquella mujer y él asintió con una seña afirmativa, besó sus labios, mientras ella resbalaba por su cuello, con un tremenda pasión, mostrando su escote.
—Espera, aquí no se puede, antes tienes que hacerme un favor, sobre todo si quieres estar conmigo —dijo aquella mujer mientras él afirmaba sus acciones sin dejar de tocarla.
—Mata a tu esposa.
Al oír eso él se detuvo un momento, la miró a sus claros ojos, a sus pupilas que parecían dilatarse un poco. Estando en sí, se habría negado rotundamente, se habría indignado, a pesar de lo tonta que a veces le parecía Audrey. Pero el punto es que estaba fuera de sí mismo. Estaba atrapado, encantado por esa mirada que le ofrecía cosas por las que renunciaría al mismo cielo así que…¿Por qué no condenarse al infierno y matar a Audrey?
—Sí, por ti asesinaría hasta al archiduque de Francia. —dijo Aarón arrebatado y continuó besando los brazos de ella sin que ésta se opusiese a su cariño.
Un portazo lo despertó (ahora sí realmente despertó), su esposa había llegado, el cuadro no se encontraba en la pared, ella sostenía una bolsa, tal vez era el almuerzo de esa mañana.
—¿Dónde está? —preguntó dirigiéndose hacia Audrey.
—¿Dónde está? —decía más enfurecido.
—¿Dónde está?… No sé dónde está y no me interesa, tal vez se fue caminando. —dijo ella con ironía y luego caminó hacia donde estaba la cocina, dejó la bolsa sobre la mesa, y de espaldas empezó a hablar.
—Te dejé un poco del almuerzo en el refrigerador, lo calientas en el microondas.
Tras decir eso, giró y se encontró cara a cara con su marido. Un golpe en la cabeza la hizo caer. Aarón había tomado de un estante cercano el retrato (grande y con marco de acero) de su boda y, con ese símbolo de unión, le había propinado un golpe bárbaro…
Audrey abrió un poco los ojos pero la sangre le nublaba la vista. No podía reaccionar, no podía creer lo que estaba pasando. Todo lo que sentía era miedo, decepción y un breve e intenso relámpago de dolor y compasión por la monstruosa transformación que había experimentado su marido.
—¿Aarón? Dime qué te hizo la mujer del cuadro, dime qué te hice yo —dijo Audrey con los ojos nublados ya no solo por la sangre sino por las últimas lágrimas que lloró antes de que Aarón despertase de la duda que por un momento detuvo sus manos asesinas…
Fue un golpe tras otro. Nada lo detenía, ni los gritos de ella ni el ver como su carita se iba transformando en un penoso amasijo de carne y hueso. Solo se detuvo al reventarle el cráneo
La escena era horrenda pero pronto estaría fuera de ese lugar. Qué más daban esas manchas de sangre. Arrastró su cuerpo hasta el baño manchando el suelo de escarlata. Abrió el grifo del agua y esta empezó a salir llenando rápidamente la bañera, allí puso el cadáver de Audrey con la mitad del cráneo aplastado.
—Te lo dije, perra, ¿dónde está mi cuadro?
Miró al cadáver y lo colocó sobre el agua que se estancaba en aquella bañera, el rostro de su mujer se hundía en la clara agua provocando que fuera difícil de ver. El agua carmesí y el negro de sus cabellos era una combinación extraña que mareaba, pero él salió de aquel cuarto sin importarle que el agua continuara saliendo hasta desbordarse.
El sótano era el lugar más seguro en que Audrey podría haber ocultado su cuadro. Y ahí estaba oculto detrás de algunos oxidados metales. Se encontraba partido a la mitad y Rose Mary parecía haber desaparecido de la pintura.
De pronto un susurro resopló en su nuca: era ella, su querida Rose Mary, la dueña de su alma, aquella que le robó sus acciones, su cerebro, su corazón…
Giró su cuello. Corrió tras ella escaleras arriba como un niño dispuesto a abrir sus regalos en la mañana de navidad. Un lazo que antes había adornado su preciosa cabellera color fuego se encontraba en la entrada de la cocina marcándole donde había entrado su amor: ahí estaba esa hermosa pelirroja, tomando el té.
Cuando el reloj marcaba las doce, su sueño se cumplió.
—Vamos, amor, lo has logrado, has llegado a mi corazón cumpliendo mi suplica, eres un honorable caballero.
Sirvió té en una pequeña taza, Aarón se sentó sobre el sofá y empezó a besarla.
—Vamos, toma tu té, y estaremos juntos por siempre, vamos, bébelo.
De un solo trago el té pasó por su garganta, la taza rodó por la alfombra y él cayó en brazos de su Rose. Entonces sus ojos empezaron a nublarse y a fallar. En unos pocos minutos, la vida de Aarón se apagó.
Gerald Taylor, el vecino de los Jones, se extrañó porque hacía semanas que no había visto a Aarón y Audrey salir de su hogar. Por eso un día fue a tocar su puerta, pero nadie respondía y un olor nauseabundo invadía el ambiente, como si un perro estuviera pudriéndose.
Dentro se escuchaba el goteo constante del agua, incluso el suelo del jardín se encontraba húmedo, la hierba había crecido hasta casi llegar a sus rodillas, la cerradura de la puerta no tenía candado alguno y el cadáver de Aarón se podía ver a pocos metros de la entrada de la casa, inerte en el suelo de la cocina. Consternado, Gerald salió corriendo al primer teléfono que encontró y la Policía llegó en instantes.
El forense y los peritos tenían una teoría, pero el agua había dañado muchas pruebas. En opinión de los forenses, al parecer habían golpeado brutalmente a Audrey Simmons hasta reventarle la mitad del cráneo, tras lo cual la arrastraron hasta la bañera.
El presunto culpable era Aarón Jones, el cual se había suicidado ingiriendo un té con cianuro. Misteriosamente, de entre todos los posibles elementos vinculables al siniestro una cosa no quedó dañada por la humedad: se trataba de una pintura que alguien había depositado sobre una de las sillas de la cocina, como si estuviera compartiendo su último sorbo con ella. Como por arte de magia el cuadro se había reparado solo y en él se veía a una enigmática y hermosa mujer que tomaba el té y llevaba un vestido escotado casi tan rojo como sus largos y ondulados cabellos; debajo de ella se podía leer la siguiente leyenda: ‹‹Rose Mary››.
—Que hermosa mujer, tiene una mirada especial —dijo uno de los agentes pensando para sus adentros en quedarse con el cuadro después de acabadas las investigaciones.
—Cuidado vaya a ser que esté embrujada. ¿No ves que ella fue la causante de todo esto? —le dijo otro oficial en tono burlón, a lo que el primero respondió con una carcajada y entonces, dándole la espalda al cuadro, ambos rieron mientras, en algún punto del futuro, los ojos verde-esmeralda de Rose Mary se volvían más negros que la noche y otro baño de sangre empañaba la felicidad de un nuevo matrimonio…
 .

LA CASA DE LOS ESPEJOS

En Cádiz (España) en la parte antigua de la cuidad, cerca de la Alameda,frente al monumento del marqués de Comillas junto al mar se sitúa una antigua casa abandonada de la cual cuentan ser una casa encantada. En la casa de los espejos vivió un capitán de barco con su esposa y su hija; la hija le pedía a su padre que cada vez que volviese de algún viaje este le trajese un espejo.La hija fue creciendo y se convirtió en una bella joven, además era una hija ejemplar, ante tanta grandiosidad el padre solo tenía ojos para ella. Pasaron y pasaron los años y su padre seguía regalandole espejos llegando a tener una gran colección compuesta por espejos de muchos lugares del mundo. 

La madre ante estos caprichos y la poca atención que recibía por parte de su marido discutía día a día con su hija cuando este se encontraba de viaje, era tan grande la envidia que en uno de los viajes envenenó a su hija para así obtener la absoluta atención de su marido. 


Al llegar el padre, su esposa le dijo que su hija había padecido una grave enfermedad y había muerto. El padre enloquecido no podía creer que su ojito derecho había muerto y arremetía contra todo, cuando entonces vio reflejado en los espejos la muerte de su hija y el envenenamiento por parte de su madre. Al saber lo que realmente ocurrió logró que su esposa confesara, fue encarcelada muriendo al tiempo; el esposo se marchó de la casa para no volver jamás. 

La casa desde ese momento hasta día de hoy continua inhabitada. Al entrar en esa casa un escalofrío te recorre el cuerpo y aveces se pueden escuchar llantos de una niña que fluyen desde el piso de arriba, donde se encontraba la habitación de la niña, la cual aun posee sus paredes cubiertas por espejos intactos que aveces dejan de reflejar tu reflejo. Varias personas que han estado al interior de esa casa y en la habitación de la niña dicen que la sensación es realmente inquietante. 

FANÁTICA DE HELLO KITTY


Escalofriante leyenda de una chica tímida y retraída que era golpeada diariamente por un grupo de acosadoras, que se burlaban de ella porque era una fanática de la muñeca Hello Kitty y todos sus complementos.


Hace no mucho tiempo vivía una chica que era una absoluta fan de Hello Kitty. Tenía la más increíble colección de merchandising de la simpática gatita y su habitación parecía más un museo que el cuarto de una niña de su edad. Era un chica tímida y muy reservada, y su extraña afición la puso en el punto de mira de un grupo de chicas indeseables que había en su escuela.
Este era un grupo de delincuentes juveniles que se divertían golpeando, robando y humillando al resto de muchachas, pero en su caso el acoso era continuo y diario. Sabían que ella nunca diría nada ni a sus padres ni a los profesores, y eran lo suficientemente listas como para golpearla en lugares en los que no quedara marca o se taparan con la ropa. Tan continuo fue el acoso, que acabó acostumbrándose y cuando la empezaban a molestar se alejaba del dolor pensando en su adorada Hello Kitty. En sus fantasías recorría un idílico mundo donde nada ni nadie podía hacerla daño, y de esta forma aprendió a ignorar el dolor y la humillación.
Las abusadoras vieron cómo los llantos y quejidos se convirtieron en una cara inexpresiva. Y lo que más las inquietaba, era que sus ojos parecían como muertos, vacíos e indiferentes a las palizas que recibía.
La líder del grupo comenzó a darse cuenta de que su comportamiento le hacía perder el respeto de las demás, que veían como era incapaz de doblegarla. La chica no se resistía, no luchaba, no lloraba, era como si simplemente la ignorara. Pero lo que era aún peor…
¡Le daba miedo!.
No sabía el porqué, pero esos ojos inexpresivos con los que la miraba cuando la estaba golpeando, simplemente le helaban la sangre. Un día decidió acabar con el problema y organizó a su banda para seguir a la chica hasta su casa. Aprovechando que sus padres llegaban tarde del trabajo, pretendían infligirle tanto dolor que temblara cada vez que se acercaran a ella. Sabía que eso no lo podía hacer en la escuela o en la calle porque siempre podría haber alguien que las delatara.
La chica al llegar a su casa lo primero que hizo fue ponerse uno de sus pijamas favoritos de Hello Kitty, como cualquier día normal. No habían transcurrido ni dos minutos cuando el timbre de la puerta sonó. Sin pensarlo abrió la puerta y, antes de que pudiera reaccionar, dos chicas de la banda ya la tenían inmovilizada por los brazos. Un momento después la líder entró con una risa burlona.
-¿No te han enseñado a preguntar antes de abrir la puerta? – Sin mediar una palabra más la golpeó con todas sus fuerzas en el estómago, dejándola sin aire y doblada de rodillas en el recibidor de su casa.
Las delincuentes entraron en su casa y cerraron la puerta asegurándose que nadie las hubiera visto. Arrastrándola la subieron hasta su habitación y comenzaron a burlarse de su colección mientras destrozaban una por una sus figuras, sábanas o cualquier otro objeto con el logo de Hello Kitty.
Pero la chica ya se había evadido mentalmente. Sus ojos una vez más se habían vuelto inexpresivos y parecían ajenos a todo dolor o vejación. Probaron apagándole cigarrillos en la pierna, con cortes en su piel, saltando sobre ella… pero todo parecía inútil. Esos ojos fijos, como perdidos, empezaron a atemorizar a todo el grupo y algunas de ellas comenzaron a decir que era mejor irse, que alguien podía llegar o cualquier otra excusa para ocultar la realidad, ¡Se morían de miedo!.
La líder no podía dejar las cosas así y decidió acabar de una vez por todas con el problema.
-¿Sabes qué fue lo que dijo Hello Kitty? – le dijo mientras metía una mano en el bolsillo.
Pero la chica no contestó y continuó inmersa en su mundo de fantasía.
- No puede decir nada – dijo la jefa del grupo – ¡¡¡Porque no tiene boca!!! – y de repente sacó una navaja abierta del bolsillo, con la que le comenzó a arrancar los labios de la chica. Dejando su pijama, sus sábanas y toda su habitación de Hello Kitty manchadas de sangre.
Pero contra todo pronóstico la chica ni se inmutó y continuó mirándola con esos ojos sin vida. La líder de la banda asustada comenzó a apuñalarla en el pecho, le clavó incontables veces la navaja hasta que murió escupiendo sangre y con los pulmones totalmente perforados.
Las demás integrantes de la banda salieron corriendo, pensaban ir a asustarla, en ningún caso habían ido para asesinarla. Pero igualmente eran cómplices y sabían que todas ellas podían ser juzgadas. Para ocultar las pruebas que hubieran podido dejar, la líder prendió fuego a la habitación y en pocos minutos, era toda la casa la que estaba en llamas.
Pero por más que corrieran o se ocultaran nunca podrían escapar de lo que habían hecho, y sin saberlo habían despertado una sed de venganza que la chica no pudo cobrarse en vida, pero sí lo haría en la muerte y desde el más allá como un fantasma.
Todas ellas empezaron a tener horribles pesadillas en las que podían ver los ojos inexpresivos de la chica asesinada mirándolas fijamente. Pero eso no fue más que el principio, cuanto más fuerte era el fantasma,más poder podía ejercer sobre ellas, y un día comenzó el verdadero sufrimiento.
Sin saber cómo, las asesinas comenzaron a sentir que cada vez les costaba más abrir la boca, hasta que un día despertaron con la boca como si estuviera sellada: no podían hablar, no podían comer ni beber, y por más que intentaban forzar las mandíbulas, no eran capaces de despegarlas.
La líder fue la primera que sintió el efecto y la primera en darse cuenta al mirarse al espejo que su boca parecía difuminarse, como si se estuviera borrando, hasta finalmente desaparecer. Parecían un dibujo de Hello Kitty, en el que no existe boca en el rostro de la gatita. Por supuesto que nadie más aparte de ellas podía ver que su cara no tenía boca. Era como si el fantasma jugara con su mente torturándolas.
En un par de días las abusadoras se empezaron a sentir mal, no podían beber y comenzaban a sentir los síntomas de la deshidratación, tenían terribles dolores de cabeza y delirios y luego entrando en coma. La líder de la banda fue la última en doblegarse y caer en un coma profundo.
Había comenzado su verdadero sufrimiento...

LA NIÑA DE LAS MONEDAS

Una noche mientras la niña dormía escuchó unos ruidos en el pasillo, abrió lentamente la puerta de su cuarto para mirar el pasillo que comunicaba la habitación.

Existe una antigua casa del centro de las ciudad que se dice está encantada y cuentan que en ella hace mucho tiempo vivía una familia acomodada que tenía una hija pequeña y varias criadas a su servicio.

Una noche mientras la niña dormía escuchó unos ruidos en el pasillo, abrió lentamente la puerta de su cuarto para mirar el pasillo que comunicaba la habitaciones, un enorme, largo y oscuro corredor lleno de cuadros y enlosado.
Al final del pasillo la niña vio lo que parecía un niño de su edad levantando una de las losetas y metiendo algo dentro de un hueco en el suelo. La niña no podía creerlo, lo que vió relucir en la mano del muchacho al pasar por la tenue luz que entraba por la ventana eran monedas de oro.

Cuando el niño se fue salió y se dirigió hacia allí; entonces apareció una de las criadas con una vela enorme que también había visto lo que había pasado y quería sacar partido.
Decidieron que no dirían nada a nadie, todas las noches se acercarían y con la ayuda de la luz de la vela levantarían la loseta y sacarían las monedas hasta acabarlas. Cada noche, la niña, que por su tamaño cabía dentro, se metía por el hueco bajo la loseta e iba dando monedas a la criada, quien las iba guardando en un enorme saco. Las noches pasaban y aquel tesoro parecía no acabarse nunca. Cada noche que pasaba la vela iba consumiéndose más y más, pero las monedas seguían saliendo a pares y no querían dejarse ninguna.
Una noche en medio de su labor la vela comenzó a parpadear haciendo amagos de apagarse, la criada le dijo a la niña que saliera del hueco, que ya tenían dinero de sobra. La niña le hizo caso y abandonó el escondrijo, pero en el último momento una moneda cayó del saco al hueco y, en un acto de avaricia y sin pensárselo siquiera, la muchacha se metió de nuevo en el hueco. 

La criada intentó agarrarla pero no pudo, mientras le gritaba que por favor saliera de allí y dejara la moneda, pero en medio de ese griterío la vela terminó de apagarse. En el momento justo en que el último rayo de luz salió de la vela la loseta se cerró ante los ojos de la criada dejando a la niña dentro, fue imposible volverla a abrir nunca mas.
La criada decidió no decir nada a nadie, los padres dieron a la niña por desaparecida y el tema se fue olvidando con el tiempo. Pero aún en la actualidad dentro de esa casa se siguen oyendo por las noches los gritos de auxilio de la niña que repiten noche tras noche en el pasillo “Por favor…socorro…sáquenme de aquí…”.

 Incluso la policía ha acudido multitud de veces ante la llamada de los vecinos que oían voces pidiendo ayuda, pero al llegar al viejo caserón lo único que siempre han encontrado es una vela vieja y consumida puesta justo en el centro de una loseta…

LA DESCARNADA

La Descarnada es un espíritu vengativo que seduce a los hombres con su gran belleza y cuando se acercan a ella les revela su verdadero rostro, podrido y en descomposición hasta el punto de convertirse en un esqueleto viviente.


La versión más conocida de La Descarnada viene de El Salvador y tiene como escenario las carreteras de dicho país, sobre todo a la que va de Santa Ana a Chalchuapa. A diferencia de otras leyendas que están más ancladas en el terreno del mito, ésta permanece activa en el imaginario popular pues son muchos los individuos que han afirmado ver a la escalofriante Descarnada. La leyenda cuenta así :
En las carreteras desoladas solía aparecer una mujer de gran belleza: sola, con ropas provocativas y actitud sensual y coqueta, haciendo autoestop al borde del camino, esperando al incauto que la recogiera.


Una vez que el hombre (sólo tentaba a los hombres)-ante la oportunidad de tener una aventura con la mujer- detenía su coche y le preguntaba a dónde iba, la misteriosa mujer respondía siempre que a un sitio no muy lejano, localizado apenas a pocos kilómetros. Así, los hombres nunca dudaban en subirla; pero, ya dentro del vehículo, la mujer empezaba a mirarlos de manera provocadora, a realizar movimientos tentadores y a seducirlos.
Finalmente los inocentes hombres detenían el vehículo y comenzaban a acariciarla y a besarla, pero he allí que el deseo se tornaba en asco y el placer en terror. En efecto, la alguna vez bella dama se transformaba en una especie de asquerosa muerta viviente cuya piel se desprendía poco a poco, quedando entre las manos del hombre restos de piel y músculo. Incluso una vez que el hombre quedaba paralizado por el miedo y detenía sus caricias el proceso de descomposición y degradación continuaba hasta que la mujer se presentaba como un esqueleto viviente…
Según cuentan, todo aquel que la llegase a ver quedaba en estado de shock: confundido, incapaz de hilar palabras que pudiesen explicar lo sucedido; presa del miedo absoluto, como si acabase de despertar de la más vívida pesadilla.
No se sabe bien origen de la extraña mujer, pero muchos afirman que se trata del espíritu de una perversa hechicera.

LA SANTA COMPAÑA

Probablemente es la leyenda urbana más conocida y escalofriante de la tradición oral en España. La Santa Compaña es una procesión de muertos que vagan por la noche reclamando el alma de los vivos.



Álvaro llevaba años sin poner los pies en el pueblecito de Galicia donde creció; pero, la grabe enfermedad que sufría su padre, le obligó a desplazarse a la zona rural donde se crió para darle un último adiós. Por desgracia su padre tenía las horas contadas.
Angustiado por el ambiente familiar que había en la que antes fue su casa, decidió salir a pasear para despejarse un poco. No le importó que ya hubieran pasado las 2 de la madrugada, tenía que separarse de sus hermanos, unos insensibles que como parásitos ,y con su padre aún con vida, se repartían la herencia como hienas despedazan la carroña.
Distraído y con la mente en otro lado, caminaba por los abandonados caminos que llevaban a la ermita del pueblo, una pequeña iglesia que se cerró varios años atrás por el grave deterioro que había sufrido su tejado en una lluvia de granizo. La ermita antes era la última escala en la procesión del pueblo, que finalizaba llevando la imagen de un Cristo desde la Iglesia que había cerca de la plaza hasta allí. Pero cada vez eran menos los habitantes de la comarca y el pueblo parecía una fantasmagórica visión de lo que Álvaro recordaba de su niñez, por lo que la ermita nunca fue restaurada.
Cuando se encontraba a escasos metros del tramo final, escuchó una especie de cánticos, su curiosidad le llevó a acercarse aún más, pero algo en su interior le decía que debía esconderse. Un frío indescriptible parecía metérsele en los huesos y comenzó a sentir un fuerte olor a cera quemada.
Instintivamente decidió ocultarse tras unos arbustos para contemplar aterrado lo que parecía una romería fantasmal precedida por un hombre que con la cara demacrada portaba una cruz en la mano; los demás integrantes eran aún mucho más aterradores, pues claramente podía verse que ya estaban muertos y sus rostros eran poco más que unas calaveras que movían sus escalofriantes mandíbulas mientras entonaban un rosario. Todos los muertos portaban una vela en su mano y su lento paso parecía dirigirles directamente a la casa del padre de Álvaro.
Álvaro, tan asustado como intrigado, decidió seguir a distancia a la cadavérica procesión, que cada vez se acercaba más a la que fue su casa, el lugar donde sufría la agonía de una lenta enfermedad su padre. Hasta que sorprendentemente su padre apareció caminando y, sin mediar palabra, uno de los esqueletos envuelto en una túnica se le acercó y le ofreció una de las velas. Su padre, como hipnotizado, alargó la mano y la recogió, y tal y como había aparecido se esfumó en ese instante. El resto de integrantes de esa Santa Compaña también parecieron evaporarse en una extraña niebla. Todos menos el portador de la cruz, el primer integrante de la procesión de muertos que quedó tendido en el suelo durante unos segundos. Pasado ese tiempo se levantó, y con la cara totalmente descompuesta por el cansancio y como si su misma vida fuera gradualmente absorbida por la compañía de los muertos, como un sonámbulo comenzó a caminar en dirección al pueblo.
Álvaro estaba tan petrificado por el miedo que no podía moverse, sólo el grito desgarrador de una de sus hermanas le despertó del shock en el que se encontraba. Casi sin darse cuenta había caminado siguiendo a la Santa Compaña hasta escasos metros de la casa de su padre, y el grito confirmó sus más temidas sospechas: la procesión de muertos había venido a reclamar el alma de su padre.
Corrió tan rápido como pudo hasta la habitación donde yacía su padre ya sin vida, prácticamente toda la familia se encontraba con él en el momento que su alma abandonó su cuerpo, Álvaro entendió en ese momento que la imagen que vio de su padre no era más que su alma uniéndose a una Santa Compaña con la que vagaría eternamente reclamando el alma de otros moribundos.

LA MANO PELUDA

Hay muchas versiones de la leyenda de la Mano Peluda, pero entre ellas destaca la de la Mano de Horta. Esta versión se originó antes de la Revolución Mexicana, y nos habla de un codicioso e insensible usurero que, al morir, empezó a penar bajo la forma de una mano grotesca, oscura, y asesina…
Corría el año 1908 en la ciudad de Puebla, y los llamados “montepíos” (casas de empeño) abundaban y proliferaban bajo el ala indiferente y corrupta —las autoridades se llevaban parte de las ganancias de los montepíos— del gobierno de Porfirio Díaz.
No era un hecho sorprendente, teniendo en cuenta que, si bien el Porfiriato representó una época decrecimiento económico, en la práctica ese crecimiento económico se veía ensombrecido por la injusticia social inherente a la enorme polarización (los pobres se empobrecían, los ricos se enriquecían, la clase media se estancaba) de las diversas clases sociales, cosa que a la larga habría de estallar en la subversión de la revolución.
Era en ese ambiente de injusticia que los usureros explotaban a sus clientes, tomando todo lo que podían de ellos cual egoístas sanguijuelas. Ropa, muebles, relicarios, vajillas de plata, joyas, incluso los juguetes de los inocentes niños: nada excluían sus manos codiciosas. Pero, entre esos usureros con mucho dinero y poca nobleza, destacaba uno al que casi todo el pueblo detestaba: el señor Villa, conocido como “Horta” entre los habitantes de la ciudad.
Horta era un tipo amargado, codicioso, avaro, materialista, extremadamente egoísta, un tipo que nunca tuvo piedad de sus clientes más desesperados o de los mendigos sedientos que le imploraban centavos con los labios resecos y la mirada carcomida por el sufrimiento. Era calvo, bajo de estatura, rechoncho como un cerdo, con las extremidades y el cuerpo repleto de abundante vello.
De actitud ostentosa, Horta adoraba llevar las manos repletas de gruesos anillos engarzados de piedras preciosas. La gente lo aborrecía tanto que a veces lo maldecían al pasar por su negocio; mas, como eran tan evidentes sus manos, la maldición que estaba de moda era un: “¡Qué Dios te seque la mano!”.
Pasaron así los días y en la memoria popular quedó grabada la imagen de Horta, sentado en su casa de cambio de la calle Merino, contando y apilando monedas de oro junto a la Gangosa, que era como le decían (por antipatía) a su mujer. Toda su vida fue un maldito avaro, pero un día la muerte llegó; y, al parecer, Dios le secó la mano… O al menos eso se quiso hacer creer, para darle un castigo aunque sea después de muerto.
Fue así que, según se cuenta, en el diario El Duende salió publicada una noticia sobre la “Mano Negra”. Se trataba de la mano de Horta, a la cual se había visto trepar por los muros del cementerio de San Francisco. La creencia de que la mano era de Horta se originó en una entrevista con un sepulturero que dijo haber visto a la mano, y que no era una mano cualquiera sino una mano grande, llena de vellos negros, y de anillos engarzados con gemas…
Según la leyenda, la Mano Peluda siguió viéndose durante un tiempo hasta que finalmente desapareció (hoy nadie en Puebla dirá que la Mano Peluda sigue apareciendo.)


EL PUENTE DE LOS LAMENTOS


Una de las leyendas urbanas más aterradoras y difundidas en Estados Unidos cuenta la historia de un puente, en el que si detienes tu vehículo por la noche, podrás escucharse los lamentos y llantos de un bebé. ¿Te atreverías a comprobarlo?


Tom viajaba de noche por una carretera comarcal de Ohio, era un viaje tranquilo y porque no decirlo tal vez un poco aburrido. Para entretenerse había sintonizado una frecuencia de radio en la que un loco predicador hablaba de la salvación eterna, por supuesto después de hacer una generosa donación a su iglesia. Tom solamente de escucharle se estaba poniendo enfermo, ¿cómo podía existir gente que le creyera? ¿no estaría prohibido vender productos falsos como las astillas de la cruz de Cristo o las lágrimas de la virgen María? Estaba tan indignado que casi no se dio cuenta de una jovencita que caminaba por el árcen de la carretera y le hacía gestos para que se detuviera.

Casi frenando en seco Tom detuvo su vehículo pocos metros por delante de la chica.

- Cielo, como se te ocurre caminar sola a estas horas con el frío que hace, he estado a punto de llevarte por delante con mi coche – dijo Tom mientras reducía el volumen de la radio.
- Gracias por detenerse señor, tengo mucha prisa porque mi bebé me está esperando, se me ha hecho de noche y nadie se ha detenido para ayudarme, usted debe ser la tercera persona que veo en media hora y el primero que me ayuda.
- No te preocupes, si no me desvía mucho del camino te acercaré a tu casa.

Tom no acostumbraba a recoger autoestopistas y probablemente si no hubiera estaba tan absorto con el programa de radio que escuchaba no se hubiera arriesgado a detener su vehículo para ayudar a una desconocida. En todo caso al ver la cara de preocupación de la que parecía casi una niña y escuchar la historia de que debía reunirse con su bebé se conmovió.

- Hola, me llamo Tom, no se como no te has congelado en una noche como esta – le dijo mientras le ofrecía una sonrisa.
-Muchas gracias Tom, soy Sarah, no tenía previsto caminar hasta tan tarde, realmente no estoy lejos de casa, sólo hay que llegar al próximo puente que está a un par de kilómetros, allí está mi bebé esperándome.

Tom no se atrevía a preguntarle la edad a la chica, le había dejado impresionado que nombrara dos veces a su bebé pues no aparentaba tener mas de catorce o quince años. Fijándose un poco en las ropas de Sarah se dio cuenta que probablemente perteneciera a algún tipo de congregación amish porque sus holgadas vestimentas parecían casi sacadas del siglo pasado. Estaba confuso y no sabía que tema de conversación sacar pues aunque se moría de ganas de comentar con alguien las estupideces que pregonaba en su discurso el predicador, sabía que los amish eran bastante religiosos y lo que menos pretendía era incomodar a la chiquilla. Casi sin darse cuenta se creo un incómodo silencio que duró un par de minutos hasta que…

-¡Es aquí! – dijo la chica al acercarse al puente que le había mencionado antes.

Tom redujo la velocidad del vehículo hasta que como por arte de magia, al situarse sobre el puente, el coche se detuvo solo. Las luces, la radio y la calefacción se apagaron y por más que trataba de arrancar nuevamente le resultaba imposible. Y entonces sintió algo a su izquierda…

Era como si todos los animales que habitan la noche se hubieran puesto de acuerdo para hacer un silencio absoluto, no se escuchaba nada, ni tan siquiera el viento mover las hojas de los árboles cercanos. Cuando de repente un suave llanto se empezó a oir, era como un susurro que cada vez se hacía más fuerte. Bajó la ventanilla para escuchar mejor y cuando se dio la vuelta vio que la chica ya no estaba en el asiento del copiloto.

Era verdaderamente extraño, porque no había escuchado abrirse o cerrarse la puerta de su acompañante, también le resultó raro que se fuera sin despedirse pues se había mostrado muy educada durante los escasos minutos que la había conocido. Pero lo que verdaderamente le atormentaba era ese llanto que cada vez era más intenso, como el de un bebé que lleva desatendido horas. Bajó del vehículo y se acercó al borde del puente donde parecía que se escuchaba con mayor intensidad. No había duda provenía de debajo del puente.

Tom no era un hombre valiente pero se encontraba como hipnotizado por los quejidos de lo que parecía un bebé, pensó que tal vez Sarah había bajado a atender a su hijo y por eso, con las prisas, no se había despedido, así que regresó a la entrada del puente y bajó al río por uno de los laterales.

Descendió hasta encontrarse cerca del río, el lugar del que parecía provenir el llanto. Misteriosamente, y aunque no podía ver nada, cada vez podía escuchar con más claridad el lamento del bebé, era extraño porque parecía provenir de las aguas y por más que miraba junto a su lecho no podía ver nada, pero entonces lo sintió…

Como si una fría aguja de hielo se clavara en su espalda, le sacudió un escalofrío que le dejó prácticamente petrificado. Podía notar como alguien le miraba desde el puente, una mirada fija que le helaba la sangre. Lentamente levantó la cabeza para ver quien le vigilaba y cayó al suelo de la impresión…

Colgando del puente se encontraba el cadáver de Sarah que parecía haberse ahorcado con una cuerda atada a la barandilla del puente. Sus fríos ojos de muerta le miraban fijamente, su rostro tenía una extraña mueca de dolor y su boca parecía desencajada, pero lo más aterrador estaba por llegar. Porque aunque Sarah parecía llevar varios días muerta en el lugar, empezó a moverse. Un brazo se extendió y con un dedo señaló el lecho del río.

Tom aún desde el suelo estaba tan petrificado por el miedo que no se atrevía a moverse, pero como la luz atrae a los insectos nocturnos casí sin poder evitarlo giró su cabeza hasta mirar al lugar donde apuntaba el dedo en descomposición de Sarah.

En el agua podía verse el cuerpo de un recién nacido flotando boca abajo y una vez más escuchó el llanto desconsolado.


El miedo dio camino al pánico y el terror que antes le paralizaba ahora le obligaba a correr, a correr tan rápido como podía. Subió tropezando por la cuesta por la que había descendido al cauce del río y se metió nuevamente en su coche. Pero no arrancaba y cada vez se escuchaba más cerca el llanto del niño y el lamento del espíritu de Sarah. Totalmente desesperado empezó a empujar el vehículo que, tan misteriosamente como se había apagado, se encendió solo al cruzar el puente. Subió al coche y condujo tan rápido como pudo para escapar del Puente de los Lamentos.

EL POMBERO

El Pombero es un ser originario de la mitología guaraní (algunos autores difieren en esto), muy popular en Paraguay, en ciertas partes del sur de Brasil, y en zonas argentinas como Misiones, Corrientes o Entre Ríos.


Este ser gusta de acosar y violar mujeres, asesinar a quienes deterioran innecesariamente la naturaleza, y castigan a quienes osan pronunciar su nombre en voz alta o les faltan el respeto imitando su silbido, que según cuentan es escalofriante y de hasta 30 segundos.

El Pombero es una especie de hombrecillo pequeño, feo, fuerte, moreno, muy peludo, de brazos largos y manos enormes, codos y rodillas sin articulaciones (por lo cual hace movimientos toscos y grotescos), piernas cortas con pies invertidos que desorientan a quien lo intenta rastrear, un enorme miembro viril para abusar carnalmente de las mujeres, una barba larga, un sombrero de paja y una bolsa al hombro, aunque lo de la bolsa es dudoso.

Sean cuales sean los detalles de su aspecto, el Pombero ronda por los bosques, suele refugiarse en casas u otras construcciones abandonadas para descansar, y nunca deja de viajar, al menos entre las zonas en que se lo ha visto.

Sus habilidades son diversas: puede hacerse invisible y delatar su presencia a través de algo tan sutil como un escalofrío en quien supuestamente es tocado; puede deslizarse en espacios muy estrechos, correr velozmente en cuatro patas, imitar el canto de muchas aves (sobre todo nocturnas), el silbido de una persona y el sonido de víboras u otros animales.

A la hora de castigar, el Pombero puede ser realmente implacable y cruel. Por ejemplo, en algunas partes de Argentina creen que, si encuentra a un niño cazando pájaros, lo tomará a la fuerza y lo abandonará lejos de casa, muerto o atontado, dependiendo del caso. Concretamente en el Chaco (Argentina), se cree que el Pombero puede chuparles la sangre a los niños, dejándolos secos y colgados de algún árbol.

Este ser ahun en nuestros días tiene una gran importancia en la cultura, ¿mito o realidad?

LA LLORONA DEL PARQUE RIVERA

Una tarde de otoño, hace muchos años, una joven mujer decide salir a pasear por el Parque Rivera de la ciudad de Montevideo.

A pesar de un viento frío y cortante que hacía gemir a los árboles y sumía al parque en la más absoluta soledad, la chica decide salir y llevar consigo a su bebé, que había tenido en condición de soltera. 
Estando en vísperas de su boda la joven se aventura en el parque, por entonces más agreste que ahora y mostrando los resultados de recientes lluvias. Se la ve bordear el lago junto a su niño, mientras el viento arrecia con fuerza, desapareciendo de la vista. La futura novia, sin embargo, no regresará por ese sendero. 
Al día siguiente encuentran su cuerpo inerte en el lago del parque, sin rastros del paradero del pequeño. Cuenta la historia que desde entonces, en las noches brumosas y tristes del otoño, puede verse a una joven vestida de novia en los alrededores del lago. Camina sola y llora desconsoladamente, mientras clama por un bebé que perdió hace mucho tiempo. 

CONCURSO HISTORIAS Y LEYENDAS PARANORMALES

Si te gustaría que tu leyenda o historia sea publicada en el blog; envíala con tu nombre o seudónimo a:


florodriguez14@gmail.com

Las leyendas o historias serán publicadas y los lectores serán quienes voten la más aterradoras.
Tenés tiempo para participar hasta el día 31 de Agosto.



EL DEMONIO DE JERSEY

Es un monstruo mítico que existe entre el mundo de la verdad y las leyendas, sus avistamientos se han reportado en el sur de Nueva Jersey por más de dos siglos. Muchos son los misterios e historias que rodean el origen de esta criatura, pues a pesar de no existir pruebas de su existencia personajes ilustres como el hermano de Bonaparte quien fue rey de España aseguraron haber tenido un encuentro con esta criatura mitad dragón nacida como humano.

El origen de la leyenda del demonio de Jersey habla sobre los doce hijos de la madre Leeds, tras dar a luz a su doceavo hijo ella dijo: “Si tengo otro más sería el diablo”.

En 1735 Leeds estaba dando a luz durante una tormentosa noche, alrededor de ella, sus amigos la observaban, supuestamente la madre Leeds era una bruja y el padre del niño era el mismo Diablo. El niño nació sin complicaciones, pero después su forma cambió, el cuerpo normal del
bebe se transformó en una criatura con pezuñas, su cabeza se alargó hasta parecerse a la de un caballo, de su espalda brotaron alas similares a la de un murciélago y finalmente una cola bifurcada apareció en su parte trasera.

La criatura dejó de llorar para empezar a gruñir y gritar, el demonio recién nacido mató a la matrona que le ayudó a venir a este mundo y escapó por la chimenea, permaneció volando en círculos alrededor de las aldea y se dirigió hacia los pinos.

En 1740, residentes temerosos le pidieron al ministro local que exorcice a la criatura, tras el ritual los rumores que circularon decían que el exorcismo duraría por un siglo, pero el demonio de Jersey regresó a Pine Barrens por lo menos en dos ocasiones antes de que los cien años se cumplieran. A partir de 1890 las apariciones del demonio de Jersey se volvieron más frecuentes.

La madre Leeds fue identificada en la vida real como Deborah Leeds, quien era la esposa de Japhet Leeds, esta identificación ganó credibilidad por el hecho que Japhet nombró a todos sus doce hijos en el testamento que escribió en 1736. Esta información era compatible con la leyenda de que el demonio de Jersey era el décimo tercer hijo de Deborah y Japhet.

La leyenda del demonio de Jersey es alimentada por varios testimonios de acreditados testigos que afirman haber visto a la criatura, desde la época pre colonial hasta la actualidad, debido a que aún se reciben reportes dentro del área de Nueva Jersey, sin embargo estas cada vez son menos comunes.



Encuentros con el demonio



La historia cuenta que el héroe naval, el Comodoro Stephen Decatur visitó las fábricas de acero de Hanover en Pine Barren en 1800 para testear cañones. Un día en el campo de tiro, el comodoro se percató de una extraña pálida criatura alada volando cerca, después de apuntarle y disparar, el tiro lastimó a la criatura en una de sus alas, pero el demonio continuó volando como si nada hubiera pasado.

Años después otro importante personaje se encontró con el demonio de Jersey, el antiguo Rey de España y hermano de Napoleón, Joseph Bonaparte cazando en sus tierras a principios de 1800, poco tiempo de asentado. El noble vivía bajo el nombre del Conde de Survilliers, pero los americanos tendían a llamarlo Míster Bonaparte, quien en 1817 adquirió el titulo para una propiedad de más de 1000 hectáreas cerca de Bordentown en el rio de Delaware. Tras una cacería en Pine Barrens persiguió al demonio de Jersey, cuando reportó el acontecimiento a las autoridades, la leyenda de esta criatura ganó más credibilidad.

En 1840, tal como el ministro advirtió hace cien años, el demonio regresó y atrás de él sembró terror en la región nuevamente. Robaba ovejas, acechaba a niños que salían después del atardecer. Las personas de toda la región del sur de Jersey cerraban sus puertas y ventanas, también colgaban una linterna en el marco de sus puertas con la esperanza de ahuyentar a la criatura. A partir de este año se reportaron muchos ataques en los años siguientes, pero lo más sorprendente fue su aparición en Haddonfield, Bridgeton, quienes experimentaron una serie de apariciones entre 1859 y 1873.

Delaware Enero de 1909, el demonio de Jersey ha regresado nuevamente y miles de personas han presenciado a la criatura y sus huellas, el misterio y escepticismo se desvanece. El miedo es tan fuerte entre la población que las escuelas cerraron y sus habitantes se negaban a salir de sus casas por temor a encontrarse con la criatura.

Las noches ahora son escalofriantes, y en una de ellas el oficial de policía, James Sackville tras pasar por un callejón oscuro se percató del monstruo mientras hacía su guardia nocturna, la criatura con alas emitió un horrible grito. El miedo se apoderó de Sackville y desenfundó su revólver, pero sus disparos no acertaron a la criatura mientras esta abrió sus alas y se desvaneció en el cielo nocturno. Un nuevo caso de una figura notoria que avistó este monstruo legendario.

Una anécdota de ese mismo año es relatada por E.W. Minster un cartero de Bristol, Pennsylvania, quien afirma haberse despertado alrededor de las dos de la mañana por un extraño y sobrenatural sonido que provenía del rio de Delaware, inquieto miró por su ventana y vio lo que él describió como una gran grulla que mientras volaba emitía un curioso brillo. La criatura tenía un cuello largo estirado hacia adelante mientras volaba, delgadas alas y largas piernas traseras, esta aberración hacía una extraña combinación de sonidos y silbidos para después desaparecer en la oscuridad.

Las apariciones continuaron y el 19 de Enero de 1909, el Señor y la Señora Evans se despertaron temprano en la mañana por el sonido de un animal grande en el techo de su hogar. Los esposos lo describieron como la cara de un perro collie y la cabeza de un caballo, tenía un cuello largo, con grandes alas y patas traseras similares de la de una grulla con pezuñas de caballo, también tenía dos pequeñas garras en la parte superior de su torso. Y así como apareció de la nada, el demonio de Jersey se desvaneció nuevamente.

La criatura no regresó hasta 1927 cuando en una noche, un taxista camino a Salem se detiene a cambiar un neumático, cuando terminó de arreglarlo su auto se sacudió violentamente. Cuando levantó la vista pudo ver una gigantesca y alada figura en el techo de su auto. El taxista dejó sus herramientas, y tras subirse corriendo al coche condujo a toda velocidad dejando el horror atrás, parando en la estación de policía de Salem para reportar lo que había sucedido.

En 1961, el demonio de Jersey acechó a dos parejas que estaban aparcadas en un auto en Pine Barrens. Las personas fueron interrumpidas cuando escucharon un chillido fuera, cuando observaron por las ventanas el techo del vehículo fue aplastado hacia adentro. Sin perder el tiempo huyeron y al poco tiempo regresaron, pero nuevamente escucharon ese chillido y vieron a una criatura volando por los árboles mientras se rompían pedazos de madera en su vuelo.


Vineland en 1987, se encontró el cadáver de un pastor alemán, el cuerpo había sido descuartizado como si hubiese estado en una explosión. El pastor fue encontrado a casi 8 metros de la cadena a la cual había sido enganchado, alrededor de lo que quedaba de él se encontraron extraños rastros que nadie supo identificar o seguir.

La última aparición del demonio de Jersey fue en 1993 cuando un guardabosques llamado John Irwin conducía por la orilla del río Mullica en el sur de Nueva Jersey. El guardabosque se asustó cuando su camino estaba bloqueado por el demonio de Jersey, el cual describió como una criatura de 1'80 de alto cubierto por un pelaje negro. Irwin comentó que él y la criatura se miraron por varios minutos antes de que esta huyese por el bosque.

El Demonio de Jersey; ¿mito o realidad? 

MAROÑAS

La historia se desarrolla muchos años atrás en la zona de Maroñas, cuando aún no se soñaba con reformar el lugar y el siglo abandonaba impertérrito sus primeras décadas. 
Cuatro amigos vuelven a pie de un cumpleaños, muy tarde en una noche fría, cuando se topan con la parte posterior del complejo de Maroñas. Cansados, deciden acortar camino saltando el muro y atravesando las instalaciones del hipódromo. 

Al avanzar en el camino, la noche comenzó a cerrarse lentamente sobre ellos. Aunque la luna brillaba, las sombras de las añejas instalaciones se alargaban y creaban conos de sombra y figuras fantasmales, entremezclándose con una niebla espesa que hacía difícil cualquier tipo de orientación. 
Detrás de esa inmensa nada generada por las sombras y la niebla, oyen un ruido amortiguado y lejano. Intermitentemente, el sonido crecía de intensidad, asemejando unos cascos de caballos. Después de cada silencio súbito, reaparecía lo que ahora era un inequívoco galope, cada vez más fuerte. 
Los cuatro amigos, asustados, advirtieron en voz alta al presunto jinete, pero cada vez que alzaban la voz el ruido callaba y surgía en otro lado. De improviso, un espantoso relinchar les heló la sangre, proveniente de un lugar indeterminado y cercano entre los jirones de niebla. El susto fue tan grande que treparon el muro más cercano con la facilidad de medallistas olímpicos, huyendo del hipódromo. 

En la calma de sus hogares, dos de los amigos, avergonzados por su pánico irracional y atribuyéndolo a la borrachera de la fiesta, deciden investigar a fondo lo sucedido. Tres noches más tarde juntan el valor para volver a cruzar el muro a la misma hora y comprobar con sus sentidos lo que realmente sucede allí. 
Al principio, la calma que reina en Maroñas en aquella noche invernal y neblinosa parece darles la razón, pero un tiempo después vuelve a surgir aquel sordo golpeteo de las herraduras. Esta vez, sin embargo, el ruido creció en violencia e intensidad a un ritmo casi demoníaco. Los cascos de caballos se multiplicaban por todas partes y relinchos salvajes lastimaban los oídos, tan cerca que uno creía posible tocar los caballos y sentir el viento provocado por sus cuerpos. Enloquecidos de miedo, los dos compañeros no atinan a otra cosa que correr desesperadamente sin rumbo alguno, perdiéndose en su camino. 

En el colmo de su horror, ciegos por el terror y la noche hermética se topan en el camino con una figura enjuta, que resulta ser el anciano vigilante del lugar. Amablemente, el sereno los tranquiliza y les pregunta qué sucede. Al escuchar la historia poca es la sorpresa del viejo, quien confiesa que ha escuchado los sonidos de los animales innumerables veces a lo largo de los años. Ante su estupor, el anciano narra que se trata de las almas de los caballos que eran gravemente lesionados en las carreras y posteriormente sacrificados por los peones, que los ahogaban en una piscina que ya no existe.

En la noches oscuras, las almas de los equinos reiniciaban la interminable carrera en la que sus cuerpos habían hallado finalmente la muerte.